• Colaboraciones

    Vidas a la deriva

    «¿Dónde está mi bebé? ¡Ayudadme! ¡He perdido a mi bebé!». Una mujer se desgañitaba mientras su cuerpo se retorcía de dolor en medio de un navío. Su desesperación estremece, hiela y desgarra.

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    Reciclémonos

    Cada sábado me equipo con bolsas de tela para ir al mercado. Me paseo por cada puesto, mirando la fruta, saboreando la tierra que la sustentó y las innumerables manos que la transportaron. Algunos me reconocen y saludan, fruto de la cordialidad que, semana tras semana, se teje entre nosotros.

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    Mujica para la vida

    Recuerdo que hace un par de años recibí una llamada de un número desconocido. Una voz con tintes robóticos me explicó la ventaja de cambiar de aparato por tan solo unos euros más al mes. Fascinada, continué asintiendo a las promesas que me entonaba aquella voz enlatada. Poco después de colgar, satisfecha por mi hito, me di cuenta de que algo fallaba si quería más, teniendo ya. Si necesitaba más, cuando lo que atesoraba funcionaba sin pretextos.

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    Las que mueven el mundo

    Dentro de un ambiente bucólico, tres mujeres agazapadas aparecen en una escena cetrina. Las pintó Jean-François Millet en la Francia de 1857. Con Las espigadoras, el pintor quiso reflejar a las mujeres pobres que, una vez realizada la cosecha, recogían las sobras de la colecta diaria. Contaban con pocas horas antes de que el sol arrojara sus últimos incentivos para recolectar las migajas de trigo olvidadas. Un trabajo rudimentario para el cual usaban un único aparejo formado por diez hábiles dedos.

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    Mentalízate

    Una pareja discutía justo en frente de mi portal. Mientras me acercaba, oía cómo la contienda se iba desarrollando. —No hagas como si no pasara nada, aclárate de una vez, no seas una triste —decía la más espídica. A la otra, casi paralizada, le costaba articular palabra. —No soy triste, pero sí siento tristeza. No sé cómo explicarlo. Bueno, da igual, no pasa nada. Estoy bien, déjalo —consiguió decir mientras se zafaba del atolladero. Sin esperarlo, su compañera le propinó un embate. —Eres una bipolar, estás loca —sentenció irreflexiva. La muchacha, aterida, vio como se marchaba su compañera mientras sus ojos ahogados no la dejaron respirar con fluidez.

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    Sinónimo de vida

    Después de una comida copiosa las papilas necesitan un elixir refrescante para calmar sus sofocos. Llegué sedienta, acalorada por el sol callejero que rabiaba impávido por las venas de la ciudad. Necesitaba beber, refrescarme y lavarme las manos urgentemente.

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    La cosecha que merecemos

    Cerré la maleta, un equipaje escueto y tímido que escondía pares de ropas solitarias dispuestas a dejarse llevar por un deleite ignoto. Me esperaban días bañados por el sol de septiembre, donde la calma copaba cada respiro, la arena se entrometía en cada escondrijo, el mapa se aburría gracias a lo conocido y el pulso de la tierra bombeaba a una Doñana anhelante por renacer.

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    No está mal para ser mujer

    Sé una señorita». «Cruza las piernas, no seas machorra». «Menudo carácter». «¿Qué pasa, tienes la regla?». «Las niñas maduran antes». «Los videojuegos son de chicos». «El fútbol es de niños». «¿Qué te has puesto?». «Ese pintalabios es de puta». «¿Por qué hablaste con él si no querías nada?». «Te voy a hacer mujer».

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    Los nadies

    Trabajé durante toda la tarde. Estaba exhausta pero antes de que el día acabara quería sentir el relente de las calles nocturnas. Abstraída en mis cálculos verbales, percibí que algo sobresalía por el pórtico vecino. Era un cuerpo tumbado de cara a la pared. Sin avisar se dio la vuelta.

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    Una vacuna contra la barbarie

    El paisaje despoblado rodea toda la escena. Los colores son fríos, aunque resaltan brochas tímidas de grises y marrones. En el centro veo como dos hombres luchan con vehemencia. Sus piernas están enterradas hasta las rodillas impidiéndoles el movimiento. Parece que están atrapados dentro de su propia barbarie.