• Opinión

    Este virus sigue sin vacuna

    Toque de queda. Las puertas se cierran. Dentro de estas paredes queda todo: mi hogar, mi fervor, mi alimento. Advierto un ruido. Intuyo gritos, leves golpes que se mezclan con la barahúnda del edificio. Quizás de puertas para adentro, en vez de reposo, otras reciban incuria e infierno.

  • Colaboraciones

    Vidas a la deriva

    «¿Dónde está mi bebé? ¡Ayudadme! ¡He perdido a mi bebé!». Una mujer se desgañitaba mientras su cuerpo se retorcía de dolor en medio de un navío. Su desesperación estremece, hiela y desgarra.

  • Colaboraciones

    Reciclémonos

    Cada sábado me equipo con bolsas de tela para ir al mercado. Me paseo por cada puesto, mirando la fruta, saboreando la tierra que la sustentó y las innumerables manos que la transportaron. Algunos me reconocen y saludan, fruto de la cordialidad que, semana tras semana, se teje entre nosotros.

  • Colaboraciones

    Mujica para la vida

    Recuerdo que hace un par de años recibí una llamada de un número desconocido. Una voz con tintes robóticos me explicó la ventaja de cambiar de aparato por tan solo unos euros más al mes. Fascinada, continué asintiendo a las promesas que me entonaba aquella voz enlatada. Poco después de colgar, satisfecha por mi hito, me di cuenta de que algo fallaba si quería más, teniendo ya. Si necesitaba más, cuando lo que atesoraba funcionaba sin pretextos.

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    Centinelas de las palabras

    Aún recuerdo cuando me adentré por primera vez en una biblioteca. Me sentí abrumada por todos los títulos que me rodeaban. Fue entonces cuando la bibliotecaria me preguntó por mis gustos. En ese momento comencé a observar el arcoíris de hojas tonales que se abría delante de mis ojos. Un abanico de posibilidades infinitas que me daba la oportunidad de poder calmar mi afán de viajar, descubrir y vivir nuevas aventuras.

  • Colaboraciones

    Las que mueven el mundo

    Dentro de un ambiente bucólico, tres mujeres agazapadas aparecen en una escena cetrina. Las pintó Jean-François Millet en la Francia de 1857. Con Las espigadoras, el pintor quiso reflejar a las mujeres pobres que, una vez realizada la cosecha, recogían las sobras de la colecta diaria. Contaban con pocas horas antes de que el sol arrojara sus últimos incentivos para recolectar las migajas de trigo olvidadas. Un trabajo rudimentario para el cual usaban un único aparejo formado por diez hábiles dedos.