Reportajes

El refugio de un hogar

El cierre de la cremallera taladró la cabeza dubitativa de Afla. Sintió cada pistón como si fueran pequeñas agujas que jugaban distraídas con su futuro. Hacía ya semanas que tenía lista su maleta, siempre detrás de la puerta. Miró a su hija, aún entre musarañas, y reconoció el miedo desbordando sus profundas pupilas que aún no llegaban a comprender la magnitud de la situación. Su risa juguetona se mezclaba con los estruendos de las calles.

En medio de la habitación relucía el papel que hizo que todo cambiara. Nunca antes pensó en tener que salir huyendo pero la carta fue concisa: “Márchate o acabaréis como tu marido”. Así fue como Afla cerró su vida sin saber si algún día podría regresar a aquel lugar en el que en un pasado fue tan feliz. No supo descifrar la encrucijada que ahora la vida le había planteado, pero tenía que actuar y la quietud hubiera sido mala consejera. Afla nunca habría pensado en escapar de lo que siempre llamó hogar. 

Afla no quería que la pequeña viera armas en vez de juguetes, muertes en vez de vida, tiros en vez de primavera.

Sentir que la vida se cae a pedazos tiene que romperte, y aún más cuando los cristales salpican todos los recuerdos que te hicieron feliz, también a las personas que hicieron que tu vida estuviera llena de momentos coloridos y sonoros. A Afla le ahogó la situación política de su país, le asfixiaba cada uno de sus días. Su alimentación no era segura, la sanidad era precaria y a veces tampoco podía costeársela, la inseguridad la palpaba entre las calles, caminos que antes marcaba con sus pasos libres y decididos. Afla tuvo una razón muy grande para dejar todo aquello y salir corriendo, casi con lo puesto, hacia un lugar, hacia un futuro que se presenta ba incierto, lleno de interrogantes que no sabía si podría resolver por sí misma. Afla se embarcó en un viaje con fecha de inicio, pero no veía final, ni paradas en el camino. Tampoco vio los medios de transportes que tuvo, finalmente, que experimentar. Y lo que más le asfixiaba era no tener la seguridad de que cuando llegara a su destino le abrirían los brazos para mecerla, orientarla, acogerla y decirle “tranquila, estás en casa”. 

Afla escapó con su pequeña de la mano. La pena le taladraba la sesera, las lágrimas caían cuando miraba  a su niña. Después ella misma se reconfortaba, porque quería que la pequeña creciera libre y que tuviera una vida plena y digna. Una vida en donde ir a la escuela no te pusiera en peligro. Una vida en la que pudiera jugar por los parques, libre, sin que nadie pudiera venir y quitarle la flor de la juventud. Afla no quería que la pequeña viera armas en vez de juguetes, muertes en vez de vida, tiros en vez de primavera.

Afla tuvo que olvidar para poder salvar su vida. Vendió las tierras que su padre le había dado, cerró su trabajo, dejó sus comodidades y su casa. Paralizada, se embarcó en un viaje que duró meses, eternas idas y venidas por diferentes países y transportes. Cogió su maleta, un billete de autobús, y cruzó la frontera para escapar. Desde entonces su vida se convirtió en una odisea constante que le llevaría de un país a otro con el único propósito de encontrar refugio donde sentirse a salvo. Ya en Marruecos, pagó una cantidad muy elevada de dinero para meterse con su pequeña en un barco sin saber, tan si quiera, el destino. Le habían prometido que todo iría bien pero allí aprendió que el mar mece, da calma, pero también sus olas matan. Después se disculpó, le pidió perdón a las olas, ya que ellas no tenían culpa de lo que permitimos las personas: muertes incontabilizadas en el Mediterráneo. Nadie se mete en un riesgo tan grande si no es por que huye de una cruda situación. Porque su país estaba dividido, y cuando las armas estallaron de nuevo, en la Segunda Guerra Civil de Costa de Marfil, tuvo que decidir, ser valiente y pensar que esa no era forma de seguir. Como ella, más de un millón de marfileños, tuvieron que decidir cambiar de vida por salvar un futuro.

Como Afla, 79,5 millones de personas han tenido que huir de sus países para salvar sus vidas, según datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Estas personas escapan de sus países por diferentes motivos: violencia, amenazas, falta de medicamentos, guerras o extorsiones. También tener ideas diferentes a aquellos que están en el poder, creer en una determinada religión o formar parte del colectivo LGBTIQ, pueden llevar a alguien a tener que huir de su país. Estas personas buscan salvar sus vidas, vivir en paz. Desempeñar su trabajo, sus sueños, en un sitio que no les ahogue, que no les haga temblar cuando van a comprar el pan cada mañana. No todas las personas que se sienten en peligro abandonan su país. Algunas lo hacen dentro del mismo, quizás en otra ciudad, en otra región más segura o en el país cercano. De hecho, el 80% de los refugiados viven en países vecinos. 

Migrante, refugiado, y solicitante de asilo

No todas las personas que migran son refugiadas. Un migrante es una persona que abandona su país para ir a otro. Puede ser de forma voluntaria o se puede ver forzado a ello por una situación de violencia.

De acuerdo con el artículo 1.A.2 de la Convención de Ginebra sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, un refugiado es una persona que “debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de tal país; o que, careciendo de nacionalidad y hallándose, a consecuencia de tales acontecimientos, fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera regresar a él”.

Estas personas pueden pedir protección a otros países, pero normalmente el trámite suele ser complicado y largo. En ese tiempo que la persona espera para ser reconocida como refugiada, esa persona es solicitante de asilo. Cuando ya es reconocida como refugiada, su país de acogida, debe darle acceso a una educación, a la posibilidad de un trabajo, vivienda, servicios sanitarios, y lo más importante: documentación necesaria para legalizar su situación.

La Comisión Española de Ayuda al Refugiado

La Comisión Española de Ayuda al Refugiado, CEAR, lleva desde 1979 defendiendo el derecho de asilo y los derechos humanos, promoviendo el desarrollo integral de las personas refugiadas que vienen huyendo de conflictos bélicos o de violación de DDHH, solicitantes de asilo, apátridas y migrantes con necesidad de protección internacional y/o en riesgo de exclusión social.

La misión de CEAR es defender y promover los Derechos Humanos y el desarrollo integral de las personas refugiadas, apátridas y migrantes con necesidad de protección internacional y/o en riesgo de exclusión social.

A lo largo de más de cuatro décadas, CEAR ha trabajado activamente en la defensa y promoción del derecho de asilo en España con el objetivo de avanzar en su reconocimiento y de garantizar el acceso al procedimiento de protección internacional con todas las garantías de la ley.

Tiempos inciertos

Vivimos tiempos extraños, experiencias que nos han hecho valorar el sabor del hogar, el refugio, el calor, la seguridad queda poder tener unas paredes que firmas como tuyas. Ha habido personas que se han tenido que enfrentar a esta pandemia lejos de sus hogares, sintiendo la incertidumbre más que nunca. Hay que ser valiente, como Afla, para dejar atrás e intentar encontrar un nuevo rincón de mundo donde poder sentirte libre y segura. Esta pandemia nos deja un aprendizaje: el mundo no entiende de fronteras, son volátiles, como nosotros, de idas y venidas, como el virus, que no dudó ni un segundo en viajar a sus anchas por nuestra saliva, expandiéndose, llegando a ocupar la totalidad del planeta, traspasando cualquier muro. 

Esta pandemia y también las recientes protestas en contra del racismo dejan en jaque a un sistema que nos grita, con voz firme, que urge un mundo más igualitario e inclusivo, un mundo para todos y todas, que no deje a nadie atrás. 

Nos creemos que la tortilla de patatas es nuestra y es el resultado de las migraciones: patatas de Perú, huevos de india y cebollas de Asia Central. 

La vida comenzó con las migraciones

El ocio que consumimos, la música que escuchamos, la decoración de nuestras casas, la literatura, lo que comemos, es fruto de las migraciones. La cultura no es estática, y el fruto de lo que ahora somos, se lo debemos a las personas que desde siglos atrás se movieron por nuevos mundos, descubriendo, arriesgando, apostando por una vida mejor. Porque todo proviene de momentos culturales que vinieron para quedarse. 

No sabremos de qué color serán nuestros nietos.

Refresquemos la memoria. Nuestros abuelos aún nos cuentan historias de cuando tuvieron que emigrar porque el régimen franquista les ahogaba. También tuvimos acogidas de franceses o alemanes, que nos ofrecieron un futuro mejor, un trabajo que aliviara la derrota y la caída de España. La historia de la humanidad es la historia de migraciones sucesivas. Nos creemos que la tortilla de patatas es nuestra, y es el resultado de las migraciones: patatas de Perú, huevos de india y cebollas de Asia Central. 

Brazos abiertos

No decidimos dónde nacemos, pero sí dónde no queremos desarrollarnos. La movilidad es humana y nadie nos la debería impedir. Más que nunca, necesitamos un sistema que acoja y que sea líder en acción y solidaridad, porque ningún humano es ilegal. El problema está en el que no quiere la acogida, no en el que se quiere mover. 

Las puertas de Europa deben permanecer abiertas para las personas que buscan protección. Europa debería de ir evolucionando con el mundo, adaptándose a la realidad de movilidad que en estos momentos estamos viviendo. Ser acogido es que te ayuden a protegerte de la adversidad de la que huyes, una segunda oportunidad en la vida, con medios para poder vivir con libertad y decidir qué hacer con tu presente y con tu destino. Un nuevo lugar donde poder comenzar. 

Expandamos la mirada, busquemos razones, empaticemos con las circunstancias. Todos somos migrantes y no sabemos de qué color serán nuestros nietos

Afla es el resultado de cientos de historias reales de personas refugiadas. Gracias CEAR, por vuestro trabajo incesante y vuestra disponibilidad.

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