Relatos

Soledad

Los bolígrafos bailaban sin tapa sobre la mesa, las notas amarillas ocupaban cada hueco de la agenda semanal, el café, ya frío, esperaba a ser recalentado al día siguiente y el ordenador, ahora sí, pedía su última actualización. Me disponía a recoger los últimos retales de papeles que había cortado minutos antes cuando sonó mi teléfono. -¿Sí?- logré decir, mientras recordaba la de veces que me habían dicho que no dijera la maldita respuesta afirmativa al contestar una llamada desconocida. Al otro lado, una voz inquieta, pero a la misma vez tímida y delicada, me habló con un tono muy apagado. – Hola… ¿hay alguien ahí?

Ella, con voz de 80 y largos.

Yo, los veintitantos.

Comenzó a contarme que la soledad de sus días la obligaba a llamar sin saber quién habría detrás del cable hecho tirabuzón. Sin esperarlo, me habló de su marido muerto, de su pena, de su llanto incesante, de sus noches en vela, de los espejos que rodean el perímetro de su casa, los cuales, ya nadie mira. Me dijo que su timbre hará días que dejó de funcionar. Le pregunté si había mirado las pilas. Me dijo que no se habrían acabado de tanto usarlas, porque hacía ya tiempo que nadie llamaba a su porterillo. Ni tampoco a su postigo. -Porque lo que no se usa se muere, se queda sin vida, se acaba pudriendo- tartamudeó. Me preguntó si había limpiado la casa estos días. Le dije que menos de lo que debería. Ella hacía tiempo que no pasaba el cepillo por sus baldosas, porque no había nadie que la pisara, me dijo que el polvo solo nace del amor y el cariño, y que hacía tiempo que sus muebles no necesitaban un paño para limpiar las migajas de recuerdos que le quedaban. -Ay mi Pepe – suspiró. Si estuviera aquí conmigo. Y mi nieta que anda liada con sus cosas, y su hermano que no puede por la universidad, y mi hija que yo ya no le digo nada, pero siempre, cuando hablo con ella le recuerdo que esta es su casa. “Hija tú no te preocupes y ven cuando puedas, no te agobies” le dice.

La soledad de los años. Ella solo pidió tiempo, y yo, maleducada, me precipitaba porque no tenía segundos para su eternidad. A veces, la consciencia del que ya lo ha perdido todo hace que nos precipitemos al vacío. Ella buscaba algo, mejor dicho, buscaba a alguien que le avivara su anodina existencia entre monólogos sin público. Quizás aquella voz sea de la mujer que me encuentro en el banco cada medio día, alegre, de puertas para afuera, tomando el sol. Pero siempre sola. Quizás sea de aquella que me da los buenos días mientras riega. Quizás aquellos suspiros vengan de la que se quedó huérfana después de una vida juntos. Quizás sea de aquella de la residencia, que no tiene familia con la que sentirse en casa. Quizás la voz sea de aquella señora que conocí en la sierra, que ya no recordaba quién fue, pero tampoco se atrevía a continuar sin saberlo. Quizás fuera de aquella, que perdió a su amiga y ve como semana tras semana, se va quedando sola en la calle empinada.  Quizás sea ella, la que justifica a sus nietos con cualquier excusa para no dañarse a sí misma. Quizás sea yo, en un futuro, pidiendo auxilio. Gritando cuando nadie oye. Desesperada, cuando las paredes también han dejado de escuchar. 

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