Relatos

Cuida de lo que te cuida

A ellos, abuelos que acompañan. A ellas, abuelas que persisten. Gracias por haceros figuras infranqueables. A ti, abuela, por estar. A ti, abuelo, por todo lo que has sido.

Cuando vuelvo a casa y sé que estás, mi mente viaja hacia una infancia en la que los fines de semana eran para pasear las calles empedradas del pueblo. Aquellos días estaban cargados de primos y primas dispuestos a jugar cada tarde; de tíos y tías que te achuchaban hasta hacerte rabiar, de sol de enero en las mejillas listas para subir, con papá y mamá, por esas tierras teñidas del color de la jara y la amapola. De repente, vuelvo al patio, al mes de vacaciones que pasaba con vosotros, a las flores radiantes cuidadas por manos cálidas, a ti, abuelo, llegando con la talega llega de fruta y verdura, y a ti, abuela, con el guiso ya encima de la mesa. Vuelvo, sin quererlo, a la pureza de la cotidianidad, a la radiante sencillez.

«Tú, hija de aquella España que se debatía entre la derecha y la izquierda, mientras otros intentaban que el día a día no les comiera».

Por eso hoy, cuando la pomposidad de la sociedad me envuelve, y me incita a seguir sus pasos sin rumbo, me paro en seco para pensarte, aprendiendo, día a día, a pararme en ti.  Es fácil, porque aún estás, y el camino es seguro porque lo marcan las arrugas de tus manos, talladas en batallas que ni tú misma supiste valorar. 

Tú, de la generación del 27, no aprendiste ni a leer ni a escribir. Pero, sin embargo, desde que tenías ocho años te encargaste de cuidar a tu hermano pequeño, te encargaste de la casa, la limpieza, la comida, el tejer de la vida. Como tantas otras mujeres vestidas con la camisa que les asfixiaba sin saberlo. Tú, una niña más de aquella España que vio crecer a renacuajas que no llegaban, ni empinadas, a la encimera, aquellas que tenían que coger una silla para tener la comida lista para el resto de la familia. Tú, hija de aquella España que se debatía entre la derecha y la izquierda, mientras otros intentaban que el día a día no les comiera, y el hambre no fuera la comidilla de la mesa. Tú, el lugar que me recuerda mis raíces. Tú, que llevas tatuado las mejores recetas con cuchara que conozco, y que por más que me las expliques, no las quiero hacer. Las prefiero de tus manos. Tú, abuela, que conectas mi pasado y mi presente, que me das fuerzas para salirme del molde, aquel que tú no pudiste cruzar. Tú, que me animas aunque a veces no lo entiendas. Que te interesas aunque no preguntes. Que no me juzgas. Tú, que aprendiste a qué sabe el dolor y cuál es el color amargo de la tragedia. Tú, que sigues porque no hay otra. ¿Verdad? Tú, que ojalá seas eterna. 

«Porque quiero cuidar de aquello que me cuida, quiero saborear cada una de tus arrugas para poder aprender de ti».

Cuando tengo un mal día vuelvo a lo sencillo, vuelvo a ti, abuela. Porque todo parece más fácil si te miro. La paz huele a fogones, la ternura a calas blancas. El patio lleno de flores, las sábanas aún revueltas. La escupidera bajo la cama. La copa apagada, la chimenea encendida. Las ventanas abiertas para que se seque lo mojado. Los tejeringos recién hechos. Las chocolatinas siempre en el cajón derecho. Las flores espléndidas. Ahora te disfruto consciente, serena. Ahora entiendo este amor único. Porque quiero cuidar de aquello que me cuida, quiero saborear cada una de tus arrugas para poder aprender de ti.

Y mientras escribo esto, tengo la suerte de apretarte la mano, fría de enero, de ver tus ojos grisáceos viendo el tiempo acercarse, tus arrugas de vida y, el perfil que dibuja todo lo que has sido. Tengo la dichosa suerte de poderte hablar, de que me puedas escuchar, de poder oír tu risa a borbotones. Tengo la suerte de saber lo que significa quererte, abuela.

Comparte esto:

2 Comments

  • Inmaculada Gonzalez Acosta

    Me ha gustado mucho el relato por la realidad de la época que le tocó vivir y l forma tan cariñosa de contarlo.Has tenido mucha suerte de vivir y sentir el amor de abuela que es muy especial.

    • Peña Monje

      Muchísimas gracias Inmaculada por escribirme, me has hecho muy feliz. Mi abuela, como tantas otras, es una mujer que no eligió la época en la que vivir, que no eligió qué estudiar, porque no tuvo ni si quiera la oportunidad. Es víctima de su tiempo. Pero con todo esto, es una fuente de riqueza, es un tesoro poder estar al lado de ella, poder escucharla, poder saborearla y ser una esponja a su lado. Gracias por leer. Un abrazo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *