Crónicas

Cartas a la directora: este pilla-pilla no nos gusta

Hacía años que no me pasaba algo así: un día sin ruidos, ni aspavientos, ni juegos enloquecedores que me hacen perder el cuello. Hoy ha sido un día que no podré olvidar nunca. Hacía ya muchos años que no experimentaba la sensación de libertad. Porque, ¿saben a qué me refiero, verdad? Hablo de esa experiencia insuperable de salir a nadar teniendo la nada como premisa. De mover tus patas centelleantes porque están enérgicas y fuertes. Hablo de sentir el agua en tu cara, rodeándote con su fuerza y dándote, al mismo tiempo, el calor que necesitabas. Hablo de poder mover el cuello hacia todos los lados y que el paisaje sea un regalo para tu mirada. La vista más maravillosa que jamás podrían ver tus ojos cargados de vida. El azul más intenso que nunca imaginaron los dioses para sus reinos. Hablo de sentir el caparazón más fuerte que nunca, y aun así, no tener miedo a quitártelo porque no hay nada que pueda dañarlo.

Pero ya hace algún tiempo que tener un día como el de hoy es, prácticamente, cuestión de suerte. Nuestros días están cargados de aventuras sin final feliz. Y todo se debe a los bípedos que viven allí fuerza, en la otra parte del planeta. Y no hablo de nuestras vecinas las aves, que muchas veces nos hacen alguna visita para tomar un tentempié. No. No hablo de ellas sino de aquellos bípedos que merodean por la costa y que dejan aquello que les sobra, o que simplemente no quieren, en nuestro hogar. ¡Pero bueno! ¿Qué se han pensado?  ¿Que aquí no vive nadie? 

Era viernes. O quizás sábado. No lo recuerdo bien, pero salí temprano a desayunar. Tenía un hambre terrible aquella mañana. Siempre tengo cautela a la hora de ingerir cualquier alimento, pero reconozco que ese día la voracidad de mis ganas se acrecentaba cada segundo. Vi a lo lejos una medusa, que nadaba y nadaba sin rumbo fijo y muy lentamente. Aproveché su despiste para cogerla por los tentáculos y darle un buen bocado. 

Después solo recuerdo oscuridad. Y una tos incesante. Un malestar que me duró meses y un dolor de tripa que no me dejaba comer. Los primeros días no tenía apetito, no quería ingerir nada, estaba casi desnutrida, pero después, poco a poco me forcé en tomar pequeños calamares para que me hicieran llevadero el día a día. Después descubrí que lo que comí aquel día no fue una medusa, sino una especie de fantasma moldeable de color blanquecino, y en los peores casos translúcido. Aún a pesar de ese altercado, me siento afortunada de poder contarlo, ya que algunas de nosotras mueren por falta de aire o porque ese ser les quita el apetito y se marchan al fondo del mar desnutridas. 

Otras amigas se han quedado atrapadas y han tardado varias horas en desprenderse de aquella cosa, porque aquello que parece manso y domable, coge tanta fuerza con ayuda del agua que no consigues, ni en un océano, llegar a la superficie para respirar.  Después están esos embalajes elásticos que nos entorpecen nuestro nado, unos vienen de forma prefijada, otros son más ovalados, otros más cuadrados y muchos, más pequeños y largos, de forma estirada como una navaja sin alma. No me olvido de aquellas rencillas tediosas con las que se quedan atrapadas nuestras patitas. Conozco a una que se quedó enredada en uno de esos materiales y como no consiguió quitárselo, vive con eso a las espaldas de su caparazón. Pero no respira bien, quizás esa cosa le aplaste algún órgano importante.

Lo que quiero decir con todo esto es que no sé por qué tirarán tal cantidad de basura, será porque utilizan cosas de usar y tirar porque si lo utilizaran más, no lo tirarían tan a la ligera, ¿verdad? Pero aquí no tenemos contenedores, ni basuras, más bien ellos creen que somos nosotros su recipiente putrefacto y lo que no saben es que aquí, estos materiales tardarán décadas en irse. 

Hay siete especies vivas dentro de nuestro mundo, somos muy diferentes entre nosotras y compartimos muchos detalles, entre ellos, la casa común en la que vivimos. Ahora está muy deteriorada y sucia, lo que nos impide nadar a nuestro antojo y ser libres cómo nos gustaría.

Por favor, comparte esto para que así les llegue a ellos, esos que se hacen llamar humanos, y con un gesto fácil nos ayuden a tener más calidad de vida y que no muramos, por su falta de consciencia y superioridad estúpida. Nosotras, las tortugas, ya estamos hartas de jugar al pilla-pilla con ese fantasma traslúcido. 

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